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Escritos · Derecho

El Estado no es un señor de corbata

Trituración materialista del Estado colombiano, de Cúcuta a agosto de 2026, con el aparato conceptual de Gustavo Bueno y Luis Carlos Martín Jiménez. Nueve poderes en tres capas, y un país que opera tres.

18 min de lectura 3.773 palabras

Voy a hablar del Estado sin la carreta de siempre. Sin «el Estado somos todos», sin «el contrato social», sin esa cosa que le enseñan a uno en once y que suena a comercial de la Presidencia con niños de todas las regiones cogidos de la mano. Eso no es filosofía política, eso es publicidad institucional con música de Andrés Cepeda de fondo.

Lo que voy a hacer es lo otro. Voy a agarrar el aparato conceptual de Gustavo Bueno y de Luis Carlos Martín Jiménez —el hombre del Filomat, el que escribió el primer libro serio sobre Derecho desde el materialismo filosófico— y voy a pasarle esa retícula por encima al Estado colombiano. A ver qué queda.

Adelanto el resultado, porque no me gusta el suspenso: queda una máquina que funciona perfectamente en la capa donde nadie vive, y que no existe en la capa donde todos comemos.

1. El Estado no nació de un acuerdo entre caballeros

Primera guevonada que hay que sacar del camino: el contractualismo.

Hobbes, Locke, Rousseau y, ya en versión descafeinada de posgrado gringo, Rawls, nos vendieron la idea de que el Estado brota de un pacto. Unos señores en estado de naturaleza se cansan de darse en la jeta y firman. Bonito. Falso.

Martín Jiménez lo dice con una precisión que a los constitucionalistas les debería doler: la idea de «pueblo» o «sociedad civil» como fundamento del Estado democrático es la secularización del pueblo de Dios cristiano como fundamento de la ciudad divina. O sea: cambiamos a Dios por el Pueblo, le pusimos mayúscula, y seguimos haciendo teología. San Agustín con tarjetón.

Bueno ubica el origen del Estado en otro lado, y es un lado mucho menos poético: en la corteza. El Estado aparece cuando alguien traza una raya y dice de aquí para allá mando yo, y consigue sostener esa raya frente a los de al lado. Como una célula: primero la membrana, después el citoplasma. Primero la frontera, después la constitución.

Por eso la Patria es anterior a la Constitución y no al revés. Puede haber patria sin constitución. No puede haber constitución sin Estado, y no hay Estado sin un territorio apropiado del cual sacar energía. Habermas quería un «patriotismo constitucional» y Bueno lo mandó a estudiar geografía.

Anótelo, que esto va a doler más adelante: la Constitución del 91 no fundó a Colombia. Colombia le prestó a la Constitución del 91 un territorio que nunca ha controlado del todo.

2. La máquina tiene tres capas y nueve poderes, no tres

Aquí está el corazón del asunto y es lo único que necesita memorizar.

En el Primer ensayo sobre las categorías de las «ciencias políticas» (Pentalfa, 1991), Bueno arma el modelo canónico de la sociedad política. El cuerpo político tiene tres capas, que corresponden a los tres ejes del espacio antropológico:

La capa basal. Eje radial. El territorio y lo que se le saca: producción, consumo, energía, demografía, la moneda, la comida. Es económica en sí misma, y se vuelve política cuando aparece como objetivo de los planes y programas del Estado. Ninguna sociedad política, por más liberal que se crea, puede prescindir de ella.

La capa conjuntiva. Eje circular. Las relaciones de los ciudadanos entre sí: instituciones, administración, justicia, la clase política, el papeleo, la fila del Sisbén. Es la capa que la gente confunde con «el Estado» completo.

La capa cortical. Eje angular. La relación con los otros: fronteras, ejército, diplomacia, tratados, imperios, gringos.

Y sobre esas tres capas se cruzan tres ramas del poder —operativa, estructurativa y determinativa—, lo que da nueve poderes, no tres:

  • En la conjuntiva: ejecutivo, legislativo, judicial.
  • En la basal: gestor, planificador y redistribuidor (el fiscal, el que cobra impuestos y reparte).
  • En la cortical: militar, federativo y diplomático.

Montesquieu se quedó con el combo básico. Bueno pidió el combo completo con papas y gaseosa.

Esto no es adorno taxonómico. Es un bisturí. Porque cuando usted dice «hay que tomarse el poder» y solo piensa en la Casa de Nariño y el Congreso, está pensando en tres de nueve casillas. Está jugando parqués con una sola ficha. Y la casilla que decide no es esa.

Lo dice Bueno en su crítica al idealismo democrático: la doctrina democrática se repliega a la capa conjuntiva —los tres poderes de siempre— y pone entre paréntesis la basal, que es justamente el componente formal objetivo de la máquina. Traducido al criollo: discutir de democracia sin discutir de quién controla el territorio y la plata es discutir de fútbol sin balón.

Todo esto está sistematizado, con entradas y todo, en el Diccionario filosófico de Pelayo García Sierra alojado en filosofia.org —el Filomat—, por si alguien quiere verificarme en vez de creerme. Yo prefiero que verifiquen.

3. Eutaxia: la única pregunta seria

Ahora la idea que le cambia a uno el chip para siempre.

Bueno dice que el criterio de racionalidad política no es la justicia, ni el bien común, ni la voluntad general, ni los derechos humanos, ni ninguna de esas ideas que sirven para el discurso de posesión y para nada más. El criterio es la eutaxia: que la sociedad política siga funcionando. Que dure. Que el año entrante todavía exista. Lo contrario es la distaxia: la sociedad que se desbarata.

Es un criterio brutal, feo, sin épica. Y es el único que se puede medir.

Y aquí Colombia se convierte en un escándalo para la ciencia política mundial. Porque este país lleva doscientos años en guerra de baja intensidad, con la mitad del territorio administrado por gente que no es el Estado, con magnicidios de rutina, y no se ha caído. Un solo golpe militar exitoso en el siglo XX. Elecciones cada cuatro años, sin falta, incluso en los peores años. Presidentes que entregan el poder el 7 de agosto aunque el país esté ardiendo.

El Estado colombiano es un Renault 4 con doscientos mil kilómetros: suena horrible, va lleno, el motor está pegado con alambre, y prende todas las mañanas.

Eutaxia conjuntiva perfecta. Distaxia basal permanente. Esa es toda la tesis de este ensayo y ya se la di gratis en la mitad.

4. Lo que Martín Jiménez le hace al Derecho

La esencia del Derecho. Filosofía materialista de las categorías jurídicas (Pentalfa, Oviedo, 2021, 287 páginas). Primer tratado de Derecho desde el sistema de Bueno. Cinco partes: bases ontológicas y gnoseológicas, bases antropológicas, fundamentos políticos, la esencia propiamente dicha, y el progressus normativo.

El planteamiento de arranque es un misil: entre lo que es y lo que debe ser median las normas. Pero entre lo que las normas son y lo que deberían ser hacen falta parámetros. Y los parámetros que la tradición ofrece —teológicos, cosmológicos, racionales, ideales, utilitarios— son fundamentos fijos y externos a la práctica jurídica. Es decir: ocultan la esencia del Derecho y aumentan la distancia entre lo que el jurista hace y lo que cree que hace.

De ahí salen tesis que en Colombia deberían leerse en voz alta en la Corte:

Que los principios del Derecho no son axiomas, sino generalizaciones y funciones procesales que se usan en la práctica.

Que la normativa no descansa en jerarquías, sino en su cumplimiento. Esta sola frase explica más del Estado colombiano que quince tesis de maestría. Nosotros somos campeones mundiales de la pirámide de Kelsen y últimos del mundo en la cosa esa de que las normas se cumplan. Tenemos bloque de constitucionalidad, tutela, control automático de constitucionalidad, acción popular, acción de cumplimiento, y una tramitomanía que produce más papel que Propal. Y el país se sigue moviendo por WhatsApp, palanca y «hablemos ahorita».

Que hablar de derechos al margen de la propiedad de los bienes es una abstracción jurídica. Ahí está el hueso: un derecho fundamental que no aterriza en la capa basal es literatura.

Y que la nación política es un concepto jurídico, no un sentimiento. La nación política no es el sancocho, ni el vallenato, ni llorar con el himno en las Olimpiadas. Es una construcción del Derecho ligada a la constitución del Estado.

Detalle metodológico que me encanta: cuando Martín Jiménez busca cómo clasificar las ramas del Derecho, se encuentra con que no existe ninguna taxonomía solvente, y termina recurriendo a la tabla de poderes del Estado —las capas y las ramas de Bueno— para ordenarlas. O sea: el Derecho se clasifica desde el Estado, no el Estado desde el Derecho. Ahí se le cae el «imperio de la ley» a más de uno.

5. Cómo se armó esta vaina

Ahora sí, con las herramientas puestas, la historia. Y la historia hay que contarla desde la capa basal, no desde los próceres.

En Hispanoamérica no es un mito (El Basilisco 47, 2016) Martín Jiménez propone cuatro modelos para leer la relación España–América: el indigenista, el católico, el ilustrado y el materialista. Los tres primeros son mitología con distinto uniforme: el buen salvaje despojado, la evangelización providencial, el progreso de la razón. El cuarto es el que sirve.

Desde ahí, la independencia no fue una descolonización. Fue una guerra civil dentro de una misma sociedad política, ganada por criollos que heredaron la carcasa administrativa del Virreinato de la Nueva Granada sin heredar ninguna capacidad de mandar sobre el territorio. Nos quedamos con la fachada del Estado imperial y sin el motor.

Y de ahí para adelante, todo el siglo XIX es un país intentando fabricarse una capa conjuntiva a punta de papel:

Cúcuta, 1821. La Gran Colombia, que se desbarata en el 30-31 antes de que le salieran los dientes. Primera lección corticalmente humillante: no controlábamos ni nuestras propias fronteras internas.

Rionegro, 1863. Los Estados Unidos de Colombia. Presidencias de dos años, soberanías estatales, ejércitos regionales. Un Estado diseñado explícitamente para no poder gobernar. La única constitución del mundo escrita por gente que le tenía miedo al Estado que estaba fundando.

1886. Núñez, la Regeneración, el centralismo, y el Concordato del 87. Aquí pasa algo que hay que decir sin pudor: el Estado colombiano subcontrató su capa conjuntiva con la Iglesia. Educación, registro civil, cementerios, matrimonio, moral pública. El Estado no tenía con qué pegar la sociedad y le pidió el pegante al clero.

1899–1903. Guerra de los Mil Días y, de postre, Panamá. Ahí no perdimos una provincia: nos amputaron la capa cortical en vivo y en directo, y el bisturí lo manejó otro imperio. Ese trauma explica ochenta años de política exterior colombiana, el Respice Polum y la costumbre nacional de pedirle permiso a Washington antes de estornudar.

1948–1958. El Bogotazo, La Violencia, Rojas, y el Frente Nacional. El Frente Nacional fue el primer acuerdo de paz de Colombia y también el primer cartel: dos partidos se reparten el Estado por dieciséis años y le cierran la puerta al que no sea godo ni liberal. Estabilizó la capa conjuntiva y generó la basal armada: si usted no cabe en la repartición institucional, se va para el monte. FARC y ELN en el 64 no son un accidente, son el subproducto lógico de un cierre conjuntivo.

1970–1990. El narcotráfico. Y aquí está el evento más importante de la historia republicana, más que cualquier constitución: un actor no estatal se apropió de la capa basal. La coca no es un delito, filosóficamente hablando. La coca es un poder gestor, planificador y redistribuidor ejercido por gente que no es el Estado, sobre un territorio que el Estado nunca holizó. Genera empleo, fija precios, cobra impuestos (vacuna), redistribuye, hace obras, imparte justicia y sostiene ejércitos. Eso es un Estado paralelo en sentido técnico, no metafórico.

1991. La Constituyente. Séptima papeleta, M-19 desmovilizado, el texto más bonito del continente: Estado Social de Derecho, tutela, Corte Constitucional, pluralismo, descentralización. Un salto conjuntivo espectacular.

Y ni una sola línea que resolviera quién manda en el Catatumbo.

La estrategia del caracol es del 93 y es la mejor película sobre el Estado colombiano que se ha hecho, aunque no trate del Estado. Los inquilinos desmontan la casa por dentro, ladrillo por ladrillo, y dejan la fachada en pie con la bandera colgada. Eso es Colombia: por fuera la fachada constitucional intacta, por dentro se llevaron todo hace rato.

6. La auditoría: 2000–2026

Ahora sí, capa por capa, un cuarto de siglo.

2000. Plan Colombia. Traducción materialista: le arrendamos la capa cortical a los gringos para intentar resolver un problema basal con herramientas militares. Fumigación, helicópteros, entrenamiento, plata. El problema es que la coca es economía y la respondimos con corteza. Es como tratar una diabetes con esparadrapo.

2002. Se rompe el Caguán, entra Uribe. Seguridad Democrática. Y hay que ser honesto en el análisis, no militante: el poder operativo conjuntivo se reconstruyó de verdad. Volvieron las carreteras, volvió el turismo interno, volvió la sensación de que había Estado. Vivos y coleando.

El costo también se contabiliza: falsos positivos, parapolítica, chuzadas del DAS, Agro Ingreso Seguro. Y en 2010 pasa algo que a mí me parece el dato eutáxico más importante del siglo: la Corte Constitucional le tumba el referendo de la segunda reelección. El poder determinativo conjuntivo le dijo que no al poder ejecutivo más popular de la historia moderna del país, y el poder ejecutivo se fue para la casa. Eso, en el vecindario, es una rareza.

2011–2016. Santos. Ley de Víctimas y Restitución de Tierras: el primer intento serio en cien años de meterle mano a la capa basal, o sea a la tierra. La Habana. Y el 2 de octubre del 16, el plebiscito: gana el No. Renegociación, firma en el Colón, Nobel.

Léalo con las categorías: un Estado que negocia durante cuatro años con un actor interno, en el exterior, con garantes extranjeros, está reconociendo formalmente que no es soberano sobre su propio territorio. El Acuerdo es, literalmente, un Estado legislando su propia ausencia. Y la JEP es un poder determinativo paralelo creado por el poder determinativo original. Eso no tiene precedentes bonitos.

2019–2021. Duque. El 21N, la pandemia, y abril del 21. Y fíjese en el disparador: una reforma tributaria. O sea, el poder redistribuidor de la capa basal. El Estado tocó la casilla basal, la calle explotó, y el Estado respondió con la casilla operativa conjuntiva: ESMAD. Es el diagnóstico más limpio del siglo. Este Estado no sabe operar en la capa basal, entonces cada vez que le toca, contesta con corteza y garrote.

2022–2026. Petro. Primer gobierno de izquierda de la historia republicana, elegido en junio del 22 después de un estallido. Y su programa era exactamente el correcto en términos de Bueno, aunque él no lo formule así: todas las reformas iban a la capa basal. Salud, pensional, laboral, agraria. Meterle mano a la casilla donde este Estado nunca ha existido.

Y la capa conjuntiva lo frenó. Congreso, Cortes, Consejo de Estado suspendiendo la consulta popular. Que es exactamente lo que la capa conjuntiva está diseñada para hacer: conservar. No es conspiración, es ingeniería.

Mientras tanto, la corteza se rompía por todos lados. Enero del 25: el Catatumbo, más de ochenta muertos, el desplazamiento masivo más grande en décadas, y conmoción interior decretada el 24 de enero —o sea, el Estado admitiendo por decreto que su poder operativo se le cayó en una región entera—, levantada el 24 de abril. El 7 de junio le disparan a Miguel Uribe Turbay en Fontibón; muere el 11 de agosto. El 28 de julio condenan a Álvaro Uribe Vélez, el 1 de agosto le dan doce años, y el 21 de octubre el Tribunal Superior de Bogotá lo absuelve de todo; el caso sigue en casación. En septiembre, Estados Unidos descertifica a Colombia en la lucha antidrogas, cosa que no pasaba desde Samper. En octubre, el presidente de la República en ejercicio termina en la lista Clinton junto a su esposa, su hijo y su ministro del Interior.

Ese último dato hay que saborearlo despacio: la capa cortical se rompió a la altura del jefe de Estado. No de un ministro, no de un general. Del núcleo.

Y para cerrar el balance basal: para finales del 25 el país contaba más de 25.000 hombres en armas ilegales, quince por ciento más que a comienzos de ese mismo año, y Human Rights Watch registró la peor crisis humanitaria de la década. La Paz Total terminó siendo una política de reconocimiento sin capacidad de imposición: le diste estatus político a los actores basales sin quitarles la base.

2026. Y aquí es donde la máquina hace lo suyo.

Marzo, legislativas. 31 de mayo, primera vuelta: De la Espriella 43,7 %, Cepeda 40,9 %, con una participación de apenas el 58 %. 21 de junio, segunda vuelta: 49,66 % contra 48,70 %. Menos de un punto. El 24 de junio el CNE proclama a Abelardo de la Espriella presidente electo. El presidente saliente denuncia fraude sin pruebas —incluida la tesis del centro de datos en California—, la Registraduría, la MOE, la OEA y la Unión Europea lo desmienten, y Cepeda acepta el resultado tres días después. El 7 de agosto se entrega el poder.

Ahí tiene usted la eutaxia colombiana en estado puro. El país más partido por la mitad de su historia reciente, con el magnicidio de un candidato todavía fresco, con veinticinco mil fusiles ilegales en el monte, con el presidente saliente sancionado por el imperio hegemónico y desconociendo el conteo, entregó el poder en la fecha exacta que dice la Constitución.

La casa se está cayendo por dentro desde 1810 y la fachada no se ha movido un centímetro.

7. Agosto de 2026: lo que estamos revisando ahora

Hoy, con el gobierno nuevo recién posesionado, las tres propuestas que más suenan son bases militares gringas, megacárceles y dolarización. Y las tres son legibles en el mismo cuadro, casilla por casilla:

Bases gringas = volver a arrendar la capa cortical. Plan Colombia con mejor edición de video.

Megacárceles = hipertrofia del poder determinativo conjuntivo. Es la respuesta clásica: como no puedo administrar la base, encierro a los que la administran. Bukele ya nos mostró que eso arregla la percepción; lo que no ha mostrado es qué pasa con la economía que produjo a los presos.

Dolarización = y esta es la más grave filosóficamente. Martín Jiménez escribió El mito del capitalismo. Filosofía de la moneda y del comercio (Pentalfa, 2020) precisamente sobre esto. Dolarizar es entregar el poder planificador basal completo. Es renunciar voluntariamente a una de las nueve casillas y ponerla en manos de la capa cortical de otro Estado. Puede que sea prudente, puede que sea suicida, pero que nadie diga que es una medida «técnica y neutra»: es la decisión política más grande que un Estado puede tomar sin disparar un tiro.

Yo no le voy a decir a nadie por quién debe votar. Lo que sí le digo es que el debate colombiano sigue empantanado en tres casillas de nueve, y que llevamos veintiséis años eligiendo entre distintas maneras de no tocar la capa basal.

8. Cierre: la Casita Madrigal

Termino con cine, que es donde este país piensa de verdad.

Martín Jiménez tiene un artículo precioso, El eclipse o muerte de los padres como núcleo del género de cine infantil de masas (El Catoblepas 175, 2016). La tesis es que el cine infantil de masas se organiza alrededor de la desaparición del padre: hay que eliminar la autoridad previa para que el héroe pueda constituirse.

Y en 2021 los gringos nos hicieron una película sobre Colombia que es, sin proponérselo, el mejor tratado de teoría del Estado que se ha producido acá.

Encanto. Miren la estructura. Hay un desplazamiento por violencia. El abuelo Pedro muere en el río —en la frontera, o sea en la corteza— y de esa muerte nace una vela. La vela es el milagro: el principio proléptico que sostiene la Casita. La Casita es la capa conjuntiva: cada uno tiene su cuarto, su don, su función, y todo encaja precioso. Abuela Alma administra la eutaxia con mano de hierro y sonrisa de foto familiar.

¿Y qué pasa? Que las grietas no aparecen en las paredes. Aparecen en los cimientos. En la capa basal. Y la respuesta institucional de la familia es la misma respuesta institucional colombiana de siempre: no se habla de Bruno. Silenciar al que nombra el problema, mandar a la niña que pregunta a que se calle, y salir a la foto sonriendo mientras el piso cruje.

La casa se cae. Obvio que se cae. Se cae porque el milagro no era una vela: era una prolepsis, un sistema de expectativas que solo funciona mientras todo el mundo se comporte como si funcionara. Eso es la eutaxia, exactamente eso, y Bueno lo explica mucho menos bonito.

Y lo que a mí me parece más berraco de esa película es el final: la reconstruyen sin milagro. Con vecinos, con ladrillos, con trabajo. Sin vela. Sin don. Sin providencia.

Ahí está la conclusión de todo este ensayo, y no la escribí yo, la escribió Disney sin darse cuenta:

Un Estado no es un pacto, ni un espíritu, ni un contrato, ni un milagro. Es una máquina de nueve casillas que dura mientras alguien las opere. Colombia lleva doscientos años operando tres de nueve con una habilidad admirable y las otras seis las tiene arrendadas, subcontratadas o tomadas por gente armada.

La fachada sigue impecable. Cada cuatro años pintamos.

Pero el hueco está en los cimientos, y ese sí no se arregla con constituyente ni con megacárcel: se arregla con la pregunta más aburrida y más materialista de todas, que es quién manda en el territorio y quién come de él.

Lo demás es carreta bonita para el discurso del 20 de julio.

Fuentes de la maquinaria conceptual

  • Gustavo Bueno, Primer ensayo sobre las categorías de las «ciencias políticas», Pentalfa, Oviedo, 1991 (capas conjuntiva/basal/cortical; ramas operativa/estructurativa/determinativa; las nueve modalidades de poder; eutaxia y distaxia).
  • Pelayo García Sierra, Diccionario filosófico. Manual de materialismo filosófico (el Filomat), filosofia.org — entradas sobre el modelo canónico de la sociedad política, capas y ramas del poder.
  • Luis Carlos Martín Jiménez, La esencia del Derecho. Filosofía materialista de las categorías jurídicas, Pentalfa, Oviedo, 2021.
  • Luis Carlos Martín Jiménez, El mito del capitalismo. Filosofía de la moneda y del comercio, Pentalfa, Oviedo, 2020.
  • Luis Carlos Martín Jiménez, Filosofía de la técnica y de la tecnología, Pentalfa, Oviedo, 2018.
  • Luis Carlos Martín Jiménez, El valor de la axiología, Pentalfa, Oviedo, 2014.
  • Luis Carlos Martín Jiménez, «Hispanoamérica no es un mito», El Basilisco 47, 2016 (y su continuación en El Catoblepas 209, 2024).
  • Luis Carlos Martín Jiménez, «El eclipse o muerte de los padres como núcleo del género de cine infantil de masas», El Catoblepas 175, 2016.
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